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Por Alfonso Treviño Cantú
Sociedad Astronómica del Planetario Alfa
atrevino@itesm.mx
INDICE
- Feb/2014. El juego de Ender.
- Mar/2014. Tele-Transportación.
- Abr/2014. Imperios Galácticos.
 

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EL JUEGO DE ENDER

El juego de Ender es una película de ciencia ficción de corte futurista, que podemos clasificarla dentro del subgénero de ciencia ficción militar. El film está basado en la novela del mismo nombre escrita por Orson Scott Card en 1985, la cual a su vez tiene como base la novela corta del mismo nombre y del mismo autor publicada en la revista Analog en 1977.

En la película la Tierra ha sido invadida por una raza extraterrestre conocida como los insectores, una especie cuya morfología y comportamiento nos recuerdan a los insectos sociales, tales como las hormigas o las abejas.

Gracias a una maniobra de Mazer Rackam, la flota terrestre logró repeler a los invasores, pero el tiempo ha pasado y el gobierno de la Tierra espera que los insectores vuelvan a atacar tarde o temprano. Tanto el héroe como los demás soldados han envejecido —incluso se cree que Rackam ha muerto, y con él, el secreto de cómo repelió a la flota invasora— por lo que se ha decidido entrenar a los soldados desde niños, para que en su juventud se conviertan en soldados y oficiales.

Andrew Wiggin—conocido por el apodo de Ender, que apela a su carácter de ponerle fin a los problemas—es el niño protagonista de esta historia que, en la literatura marca el comienzo de una saga y todo un universo de ficción.

Para seleccionar a los niños que van a ser entrenados como soldados, un microchip es implantado en el cuello, justo en la base de la nuca, al momento en que nace un bebé. De alguna forma, los reclutadores saben qué hace cada nño, en qué situaciones se mete y cómo reacciona, y con base en todo ello es como deciden quién tiene madera para ser soldado y quién no. Se podría decir que es como si los reclutadores vieran a través de los ojos de los niños, escucharan a través de sus oídos, oyeran lo que ellos hablan y sintieran lo que ellos sienten. ¿Es esto factible?

Para poder monitorizar a un ser humano requeriríamos tener sensores es las distintas regiones del cerebro en donde se procesan los impulsos visuales, auditivos, etc. El microchip mencionado podría servir como un concentrador de la información recabada por los diferentes sensores, pero el chip sería insuficiente para procesar dicha información y obtener un sentido y significado de ella. Se requeriría que la información se transmitiese por radio frecuencia —lo que implicaría tener una red de repetidoras, como en el caso de los teléfonos celulares— hasta una súper computadora equipada con algoritmos de inteligencia artificial para que detecte patrones, de la misma manera en que hacen los sistemas de espionaje hoy en día cuando detectan palabras clave en mensajes de correo electrónico o llamadas telefónicas —palabras como bomba— para detectar comportamientos que cumpliesen con una serie de pautas, grabar la información y lanzar una alarma para que un ser humano dé el veredicto final sobre si la persona puede o no ser reclutada.

Una vez reclutados, uno de los entrenamientos más importantes era la realización de batallas de infantería en gravedad cero, donde los niños se organizaban en equipos en donde un equipo luchaba contra otro.

Contrario a lo que mucha gente piensa, en el espacio sí hay gravedad. La gravedad nunca desaparece, solamente su fuerza se debilita con el cuadrado de la distancia. Un ejemplo puede ilustrar esto: Si el transbordador espacial siente una fuerza de F a una distancia de 1,000 kilómetros de la Tierra, al doblar la distancia aquél sentiría una fuerza no de la mitad, sino del cuadrado de la mitad, o sea ½ x ½, o sea ¼.

¿Por qué las cosas y las personas flotan en el espacio? Mientras la nave o estación espacial donde se encuentren esté en movimiento, la aceleración de los motores producirá un efecto equivalente al de la gravedad, manteniéndolos sobre “el suelo” del vehículo. Cuando no se está sujeto a una aceleración y sólo se orbita la Tierra, es como si se estuviera cayendo libremente. Es en esos momentos cuando uno siente la ingravidez. Esta sensación las tienen los paracaidistas antes de abrir su paracaídas o incluso podemos tenerla nosotros cuando nos vamos en picada en una montaña rusa.

En el caso de una estación espacial en forma de anillo y en constante rotación, la fuerza centrífuga –que hace que los objetos que se encuentren sobre la estación se muevan hacia la periferia— induce una gravedad simulada. Como la fuerza centrífuga aumenta con el radio de la circunferencia, las personas que se encuentren sobre el anillo sentirán una gravedad simulada mayor que aquéllas que se encuentren en un punto intermedio entre el centro y el anillo. Sería en la periferia de una estación giratoria donde se podrían poner los hábitats y laboratorios para el personal, pues ahí sentirían más gravedad y estarían más cómodos. En el centro de la estación, al ser la distancia hacia el centro igual a cero, solamente se sentiría ingravidez. Ahí es donde se llevarían a cabo los entrenamientos.

Por último, está Mazer Rackam y Ender, quien aprendió del primero cómo derrotar a los insectores. ¿Cómo le hicieron? Los insectores, como los insectos sociales de la Tierra, tienen reinas. La idea era destruir las naves de las reinas y con ello, las flotas, al no tener quien las coordine, se disgregaban.

La primera pregunta que me viene a la cabeza es: ¿podrían existir los insectos gigantes como los que presentan en la película y en otros trabajos de ciencia ficción? La respuesta es un rotundo NO, pues el aparato respiratorio y la estructura corporal de los insectos no es capaz de mantener con vida a animales de tamaño mayor. Un insecto gigante moriría asfixiado, además de no poder soportar su propio peso.

Mi segunda pregunta es: ¿Cómo coexistirían en una misma especia la inteligencia y el instinto? No hay que olvidar que por más complejos que parezcan los comportamientos de los insectos sociales, aquéllos no son producto de la inteligencia, sino del instinto. Los insectores no sólo tienen comportamientos instintivos, sino inteligentes, pues son capaces de construir tecnología. ¿En qué momento puede más el instinto que la inteligencia y viceversa para controlar las acciones de un individuo o toda una sociedad? No tenemos ejemplos en la Tierra como para responder esta pregunta, pero si los individuos de una raza son capaces de hacer naves espaciales, pero no son capaces de seguir luchando cuando su reina ha muerto, entonces tenemos una raza que quizá deba, por selección natural, cederle su paso a otra en el eterno teatro de la lucha por la supervivencia.

Con esto concluyo mis reflexiones sobre esta interesante película, no sin antes dejarlos con una frase de Orson Scott Card que refleja parte de la filosofía que exhiben los personajes del universo de Ender:
"El momento en que entiendo a mi enemigo lo suficientemente bien para derrotarlo se convierte en el momento en que lo amo. Creo que es imposible entender a alguien, saber qué quiere, en qué cree y no amarlo como se ama a sí mismo. Y entonces, en el momento en que lo amo lo destruyo".


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TELE-TRANSPORTACIÓN

Una de las cosas que más me llamaron la atención la primera vez que vi Viaje a las Estrellas fue la transportadora. Si bien ya me había tocado ver que los alienígenas en Perdidos en el Espacio podían desaparecer y aparecer en otro sitio, la idea de que un aparato pudiera ayudar al hombre a moverse a distancia me resultó fascinante—parafraseando al Sr. Spock.

Otras series de ciencia ficción incluyeron aparatos de tele-transportación, como la computadora TIM en La Gente del Mañana, los brazaletes de Blake’s 7 e incluso Perdidos en el Espacio aparecen umbrales para tele-transportarse en varios de sus episodios y no hay que olvidar la transportadora que aparece en un episodio de Odisea 1999.

Quizá la única serie que se aventuró a dar una explicación básica de cómo funcionaba su mecanismo de tele-transporte fue la del Capitán Kirk y su valiente tripulación: Simplemente se analizaba la composición química de una persona u objeto, se desmaterializaba y se volvía a armar en el punto destino. Mientras que en la película La Mosca se maneja un principio parecido (tanto en la de 1958 como en la de 1986), esta película, a diferencia de la famosa serie de TV, presenta cápsulas de materialización y desmaterialización, mientras que los tripulantes del Enterprise eran desmaterializados por la transportadora y armados sobre la superficie de un planeta, sin necesidad de una máquina que los reciba para armarlos (el proceso inverso también se daba, cuando la persona era transportada de un planeta hacia la nave). ¿Era esto un error? No necesariamente.

¿Es factible científicamente la tele-transportación? Primero tenemos que encontrar un medio para analizar la composición química de una persona. Podemos usar espectrografía. Cuando los rayos del Sol se descomponen en haces de colores al pasar por un prisma, si observamos con atención nos daremos cuenta que los colores no son continuos, pues pequeña líneas negras los cruzan. Éstas son llamadas líneas de Fraunhoffer, en honor a su descubridor, y denotan la presencia de un elemento que absorbe la luz a determinada frecuencia. No sólo el Sol presenta estas líneas, sino otras estrellas, así que podría decirse que el espectro de una estrella es como una huella digital que la identifica.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el ser humano? Bueno, si en un laboratorio calentamos una sustancia, por ejemplo sodio, la luz que despida al arder al ser pasada por un prisma presentará líneas de absorción. Los científicos, conociendo donde están esas líneas cuando se quema el sodio pueden buscarlas en la misma posición en los espectros de las estrellas para saber si tienen sodio también. Si queremos analizar la composición química de un ser humano necesitaremos quemarlo para obtener su espectro.

¿Suena muy drástico? Pongámoslo mejor bajo el haz de un microscopio electrónico—que usa un haz de electrones en lugar de luz para “iluminar” los objetos—y echemos una mirada a todos sus átomos, de tal forma que sepamos cómo están cada uno de ellos. El problema aquí es que lo más probable es que terminemos radiando al individuo con suficiente radiación beta (electrones) como para matarlo o causarle un daño grave.

Sin embargo, no deberíamos preocuparnos tanto por matar a la persona que vamos a tele-transportar, al fin y al cabo pensamos reconstruirla en el punto destino. El problema que a continuación hay que resolver es cómo mandar esos átomos a ese punto.

Podríamos usar un acelerador de partículas, que no es más que un tubo muy largo, de varios kilómetros, ya sea en línea recta o en espiral, por el cual se aceleran partículas a velocidades cercanas a la de la luz gracias a la acción de potenetes campos magnéticos. El LargeHadronCollidero LHC, es quizá el más famoso acelerador de partículas a la fecha; se encuentra en la frontera entre Francia y Suiza y es operado por el CERN, que es el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares.

Algo importante que hay que recalcar es que para que una partícula pueda acelerarse gracias a la acción de un campo magnético requiere tener carga eléctrica, por lo que un neutrón, una molécula o un átomo no pueden ser acelerados. Una forma de arreglar este pequeño inconveniente sería ionizar los átomos —quitarle sus electrones, lo cual podemos hacer con láseres—, de tal forma que los electrones sueltos puedan ser acelerados, y después hacer lo mismo con los núcleos, pues un núcleo atómico, gracias a los protones, siempre tendrá carga positiva. El problema es que acelerar núcleos pesados puede ser incosteable, por lo que necesitaríamos desbaratar los núcleos pesados en núcleos más pequeños, digamos núcleos de helio con 2 protones y 2 neutrones, a los cuales también se les conoce como partículas alfa. Esto requeriría un reactor de fisión nuclear.

La reconstrucción del individuo sería más difícil, requiriendo de un reactor de fusión nuclear —o mejor aún, una estrella— para que se lleven a cabo todas las reacciones nucleares necesarias para obtener los núcleos originales. Luego, lejos de la estrella —necesitaríamos quizá apagarla— podríamos juntar a los electrones con sus núcleos, formando los átomos originales de la persona y posteriormente formar moléculas. Este proceso de armado duraría millones o incluso miles de millones de años, dependiendo qué tipo de estrella se seleccione para realizar el armado.

Aquí el problema es que mandar la materia solamente no ayuda nada en el proceso de armado, pues nos faltarían “los planos” o “la foto” de cómo estaban todos esos átomos y moléculas en la persona, sino lo que terminaríamos armando sería un conjunto de sustancias ideales para un gran juego de química. Para solucionar esto tendríamos que mandar más de un petabyte (más de un millón de gigabytes) de información para poder indicar cómo reconstruir a la persona. Aunque pudiésemos mandar toda esa información en un láser, no hay que olvidar que el espacio tiene polvo que puede atenuar o dañar la señal y no tenemos repetidores en el espacio que nos ayuden.

    

Por último, volviendo a Viaje a las Estrellas, quizá ellos se valgan de un fenómeno que se llama entrelazamiento cuántico, sobre el cual no entraré al detalle. Bastará decir que bajo ciertas circunstacias dos partículas subatómica pueden quedar entrelazadas, de tal forma de que lo que le pase a una le peasa a la otra aunque estén separadas a grandes distancias. Por ejemplo, todas las partículas tienen una serie de propiedades, entre ellas una que se llama spin y que es una especie de giro. Si yo mido el spin de una partícula entrelazada, el de su compañera sería el mismo. Ahora imaginemos que entrelazamos las partículas del capitán Kirk con un igual número de partículas que se hallen en la atmósfera del planeta destino; con sólo bajar una palanca las partículas del planeta adquirirían las propiedades de las del capitán y así es como lo tendríamos ya tele-transportado a la superficie del planeta. No requeriríamos tener una cápsula de materialización en el planeta, el entrelazamiento lo haría solito. Lo malo es que esto no es posible, sólo se puede hacer con UNA SOLA partícula. Para hacerlo con una persona necesitaríamos una transportadora del tamaño de la Luna y que estuviera totalmente aislada de cualquier radiación, incluso de neutrinos —partículas que a cada segundo nos atraviesan por millones sin hacernos el menor daño— ya que cualquier perturbación echaría a perder todo.

    

A pesar de que científicamente hablando pudiera ser desalentadoras las posibilidades de la tele-transportación, quisiera cerrar con una frase de Gene Rodenberry, creador de Viaje a las Estrellas:
"Esto aún no ha acabado; no todo está inventado. La aventura humana apenas comienza".


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IMPERIOS GALACTICOS

Muchos de nosotros tuvimos nuestro primer contacto con la idea de un imperio galáctico cuando en 1977 vimos La Guerra de las Galaxias (Star Wars), el film que dio origen a una saga y catapultó a George Lucas. En mi caso, yo ya conocía los imperios Klingon y Romulano de Viaje a las Estrellas (Star Trek), pero no fue sino hasta que vi el trabajo de Lucas que tuve consciencia de la inmensidad del término.

¿Un imperio que cubre toda una galaxia? Los imperios galácticos o parcialmente galácticos se han mencionado en la ciencia-ficción desde sus primeros trabajos. E. E. “Doc” Smith publicó en 1928 (aunque la obra fue escrita en la década de los 1910s) La Alondra del Espacio (Skylark of Space), en donde una raza hostil gobernaba a buena cantidad de mundos. Otros ejemplos de novelas en donde se mencionan imperios galácticos los encontramos en El Hacedor de Estrellas (Star Maker) de Olaf Stappledon de 1937, Fundación (Foundation) de Isaac Asimov, cuya primera historia de dicha saga se publicó en 1942 y Dunas (Dune) de Frank Hernert de 1965.

Lo primero que me vino a la mente cuando vi La Guerra de las Galaxias fue: ¿Y por qué en el futuro debe haber un imperio? ¿Por qué no una república? Como habitante del siglo XX, en donde la gran mayoría de las monarquías han quedado atrás y de las que quedan la mayoría son constitucionales o parlamentarias, en donde quien gobierna es un ministro o presidente y la figura real es sólo un adorno diplomático, para mí era natural pensar que los imperios y las monarquías son formas de gobierno obsoletas. No obstante, si la humanidad colonizara el espacio algún día, no sabemos qué forma de gobierno será la preferida en dicho tiempo.

Como ven, la posibilidad de que en el futuro existan los imperios galácticos obedecerá en parte a la solución de cuestionamientos filosóficos y en parte a restricciones que la ciencia o la tecnología nos impongan.

Analicemos primero las cuestiones filosóficas. La primera de todas es si se pudiera colonizar la galaxia, suponiendo que técnicamente fuera factible, ¿cuál forma de gobierno elegirían esos futuros descendientes de nosotros? Seguramente, si son inteligentes, buscarían adoptar una forma de gobierno que fuera exitosa en su época, en lugar de probar modelos de gobierno anticuados. Sin embargo, es imposible asegurar esto, pues tarde o temprano pueden repetirse muchas cosas que hemos visto a lo largo de nuestra historia: la corrupción que lleva a las dictaduras, la reacción de la gente ante una situación, la presencia de caudillos, etc.

Las primeras naciones, conformadas de acuerdo a la idea actual que tenemos de lo que es una nación, fueron establecidas durante la Edad Media, en otras palabras, estamos hablando de que las más antiguas tienen mil años. Antes de eso, las civilizaciones se desarrollaban en ciudades-estado o imperios, algunos de los cuales duraron por siglos. Como ejemplos tenemos el imperio acadio, que fue el primer imperio de la historia y que duró cerca de 300 años durante el tercer milenio antes de Cristo, el imperio romano que duró casi 500 años o el imperio bizantino que casi duró 1,000 años. Esto nos da una idea, además del análisis que podamos hacer de nuestro mundo hoy en día, que un gobierno global está muy lejano aún, mucho más un gobierno a escala planetaria o interestelar.

Además, no olvidemos que la idea de imperio nos trae a la mente conquistas y poder y esto nos lleva a varias preguntas: ¿conquistaremos a otras civilizaciones en nombre de la raza humana o forzaremos nuestro poder como planeta origen de la humanidad sobre colonias humanas en otros mundos?

Como comenté anteriormente, estas reflexiones no dejan de ser del terreno filosófico y las respuestas a muchas preguntas no se pueden dar sin un análisis profundo de la psicología social humana en el momento en que la exploración del espacio por seres humanos llegue a ser posible.

Para mantener un imperio o cualquier otra forma de gobierno entre varias regiones distantes es necesario contar con medios de comunicación, transporte y recursos, ya sean monetarios o intercambio de materias primas y productos.

El primer paso de la humanidad, y quizá el único factible, sería el establecimiento de colonias en la Luna y Marte, en donde los habitantes vivirían bajo domos o estructuras, en ambientes presurizados y climatizados, intercambiando recursos con la Tierra (por ejemplo, extrayendo helio-3 de la Luna y recibiendo materiales y comida para mantenerse).

Con el tiempo, las colonias tienen que llegar a ser, sino autosuficiente, por lo menos parcialmente sustentables. Algunos visionarios han propuesto la posibilidad de crear hormigón para construcción de hábitats hecho a base de minerales lunares, o la posibilidad de extraer agua del subsuelo marciano. Incluso, aunque experimentos como Biosfera 2 no han tenido éxito hasta el momento, se espera que en un futuro se pueda lograr por fin crear un ambiente artificial autosustentable, primero en la Tierra, para luego llevarlo a las colonias humanas en el espacio.

Biosfera 2 fue un experimento construido en el desierto norteamericano, consistente en un hábitat completamente cerrado y aislado del mundo exterior, en donde por espacio de dos años viviría un grupo de científicos. Dentro de Biosfera 2 habría diferentes áreas en donde se reproducirían los ecosistemas más representativos del planeta, como la selva, la tundra, el campo, etc., cada uno poblado con animales y plantas típicos. La idea era que los científicos pudiesen sobrevivir dentro del domo sin tener que depender de los recursos del resto del planeta. Lastimosamente el experimento se abortó después de varios meses al presentarse problemas con la calidad del aire que los científicos respiraban.

No importa el nivel de sustentabilidad que una colonia lunar o marciana pueda tener, es seguro que deberá formarse, tarde o temprano, un gobierno para el manejo de cuestiones administrativas que no puedan esperar a una resolución desde la Tierra. Haciendo alusión a las colonias de los siglos XVI y XVII, los primeros gobernantes podrían ser los propios comandantes de las misiones y, una vez que una colonia se estableciera en forma, un representante de la Tierra podría ser asignado. Como en otros aspectos que se han mencionado, aquí se cae en el terreno de la especulación.

Las grandes distancias entre las estrellas hacen difícil, si no es que imposible, la colonización de planetas más allá del Sistema Solar. Dado que la velocidad de la luz es una barrera física inquebrantable, las soluciones que visionarios han dado son pocas: naves arcas generacionales, en donde generaciones de familias nacerán, vivirán y morirán en un arca autosustentable hasta que puedan llegar al planeta destino: la otra solución es el envío de embriones criogenizados, pero hasta el momento la criogenia está muy lejos de poder “despertar” a un ser humano después de años sin que sus tejidos sufran daños que los lleven a la muerte instantánea. Además, ¿quién educará a los seres humanos que se desarrollen a partir de esos embriones?

Como se puede apreciar, hablar de imperios galácticos es más un tema de la ficción que de la ciencia, pero si en un futuro la humanidad se pudiera establecer en otros mundos, cada establecimiento sería una nueva esperanza y un nuevo comienzo para nosotros como raza.

Cierro este artículo con una frase de Winston Churchill, el famoso primer ministro inglés de los años 1940s, la cual evoca las posibilidades de nuestra imaginación:
"Los imperios del futuro son los imperios de la mente".

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